La historia de Chen Tianqiao condensa el dilema que hoy enfrenta toda una generación de emprendedores tecnológicos chinos con ambiciones globales: para acceder al capital, el talento y los chips de Occidente necesitan alejarse de China, pero Pekín ya dejó claro que mudar la sede a otro país no alcanza para quedar fuera de su órbita regulatoria. El fundador de Shanda, que alguna vez fue el hombre más rico de China, lo aprendió a fuerza de reestructuraciones, salidas de científicos clave y la suspensión total de sus servicios en el mercado chino.
Del imperio de los videojuegos a la neurociencia
Chen fundó Shanda en 1999 y la convirtió en una de las mayores compañías de entretenimiento interactivo de Asia, con tres subsidiarias que llegaron a cotizar en el Nasdaq. Tras retirarse de la gestión cotidiana, se instaló primero en Singapur y, desde fines de 2017, en el Área de la Bahía de San Francisco. En 2016 creó junto a su esposa, Chrissy Luo, un instituto dedicado a la investigación del cerebro con un compromiso inicial de 1.000 millones de dólares, que financió, entre otros proyectos, un centro de neurociencia en Caltech y laboratorios en Shanghái y Stanford.
Con el tiempo, la agenda del instituto giró hacia la convergencia entre neurociencia e inteligencia artificial. Ese fue el punto de partida de su segundo acto empresarial: una IA que no se limite a reorganizar conocimiento existente, sino que sea capaz de descubrir lo desconocido a partir de lo conocido.
MiroMind: la apuesta por la «IA de descubrimiento»
Según el propio empresario, entre él y Shanda Group comprometieron más de 2.000 millones de dólares para investigación en inteligencia artificial, de los cuales unos 1.000 millones de dólares se destinaron a infraestructura de cómputo y procesamiento de datos. El primer vehículo fue MiroMind, una startup en la que Chen invirtió 100 millones de dólares y que llegó a reunir a más de 60 científicos distribuidos entre Shanghái, Singapur, Tokio y Seattle, con un equipo mayoritariamente compuesto por doctores.
La empresa se especializó en agentes de investigación profunda de código abierto, con su sistema MiroThinker, y a comienzos de 2026 Chen anunció la construcción de una infraestructura de cómputo con más de 10.000 chips Blackwell de Nvidia, cuya venta a entidades radicadas en China continental está restringida por los controles de exportación de Estados Unidos. Ese detalle ilustra el corazón del problema: la ambición tecnológica de MiroMind dependía de recursos a los que solo podía acceder lejos de China.
El efecto Manus
El punto de quiebre llegó con Manus, la startup de agentes autónomos fundada en China que se mudó a Singapur a mediados de 2025 y fue adquirida por Meta en diciembre por unos 2.000 millones de dólares. A fines de abril de 2026, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC) ordenó deshacer la operación tras una revisión que abarcó normas de inversión extranjera, controles de exportación y competencia. Durante el proceso, sus dos cofundadores tuvieron prohibido salir del país, y distintos reportes indicaron que la decisión escaló hasta la Comisión de Seguridad Nacional que preside Xi Jinping. En junio, Meta anunció que cortaba formalmente sus vínculos con la empresa.
El mensaje para el ecosistema fue inequívoco: si la tecnología, los fundadores o el equipo de investigación siguen atados a China, el cambio de domicilio societario no impide que Pekín intervenga. Lo que en la industria se conocía como «lavado vía Singapur» dejó de ser una salida segura.
Cortafuegos, salidas y retirada del mercado chino
Tras recibir consultas de los reguladores, MiroMind implementó protocolos que prohíben compartir información o código entre sus operaciones de ambos lados del Pacífico y que reducen al mínimo el movimiento de personal, datos y activos. Chen describió esa separación como una plantilla lamentable pero necesaria para operar en el nuevo contexto geopolítico. Las autoridades chinas también advirtieron a la empresa que no trasladara talento al exterior, y la tensión se hizo visible con la salida de Dai Jifeng, profesor de la Universidad Tsinghua y uno de sus científicos centrales, quien sostuvo que la compañía pretendía obligarlo a radicarse fuera del país.
Apodex, el segundo intento
Sobre esa base, Chen relanzó su proyecto bajo una nueva marca. En junio presentó Apodex 1.0, un sistema que define como un «solucionador de trabajo pesado»: no un chatbot generalista, sino un agente de investigación diseñado para planificar investigaciones de largo plazo, reunir evidencia, usar herramientas, verificar resultados y recuperarse de errores. La compañía tiene su sede en Redwood City y un centro de investigación y desarrollo en Singapur, y ya prepara el preentrenamiento de su propio modelo. En sus primeras evaluaciones técnicas, publicadas en agosto, reportó resultados superiores al estado del arte en tareas de biología estructural.


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