La guerra en expansión contra Irán está sacudiendo la economía global con una intensidad que pocos anticiparon. En ese contexto, el silencio de Vladimir Putin y Xi Jinping resulta más elocuente que cualquier declaración. Desde su perspectiva, callar es la mejor estrategia posible: dejar que Washington se enrede en un conflicto prolongado en Medio Oriente mientras Moscú amplía su influencia en Europa y Pekín avanza en el Indo-Pacífico.
La estrategia iraní de bloquear el Estrecho de Ormuz mediante minas navales, baterías de misiles costeros y enjambres de drones está tomando de rehén a la economía mundial. Si el plan de Washington era una acción rápida y contundente para eliminar la amenaza y proclamar la victoria, el resultado fue exactamente el opuesto.
China y Rusia observan desde el margen. No es una postura improvisada sino un cálculo estratégico. La contención rusa tiene una explicación de fondo: la guerra en Ucrania agotó el margen militar y fiscal de Moscú. Pero contención no es lo mismo que inacción. Rusia estuvo proveyendo a Irán imágenes satelitales sobre la ubicación de tropas, barcos y aeronaves estadounidenses, y habría asesorado tácticas de drones. No es casual que los patrones de ataque iraníes recuerden al enfoque ruso en Ucrania.
La recompensa financiera para Rusia es extraordinaria. Antes de la crisis iraní, los ingresos energéticos rusos estaban en caída libre. Según el KSE Institute, Rusia podría obtener entre 45.000 y 151.000 millones de dólares adicionales en ingresos presupuestarios en 2026. En el escenario central, una guerra de tres meses, el ingreso extra supera los 97.000 millones en ingresos fiscales, más que el déficit fiscal completo de Rusia en 2025. En un escenario de seis meses, podría cerrar con superávit y reponer su fondo soberano.
Un Estados Unidos absorbido por Medio Oriente libera a Rusia para consolidar su esfera de influencia en Europa, mientras los ingresos energéticos adicionales financian la apertura de nuevos frentes.
China está posicionada para beneficiarse pese a su dependencia del Golfo. El Estrecho de Ormuz transporta hacia China aproximadamente 5,4 millones de barriles diarios. Pekín tiene interés en que vuelva a abrirse, pero ningún incentivo para ayudar a Washington a lograrlo. En cambio, negoció directamente con Teherán el paso seguro de buques de bandera china. En las primeras semanas del conflicto, más de once millones de barriles de crudo iraní continuaron fluyendo hacia el este, pagados en renminbi.
China anticipó el riesgo. En enero y febrero aumentó sus importaciones de petróleo un dieciséis por ciento. Sus reservas estratégicas combinadas ascienden ahora a entre 1.300 y 1.400 millones de barriles, equivalente a cuatro meses de importaciones. Llenó sus tanques antes de que los mercados incorporaran la perturbación.
Observar en tiempo real las operaciones navales estadounidenses en el Golfo tiene además un valor estratégico intrínseco para China cuando piensa en escenarios que involucren el Estrecho de Taiwán. Cuanto más expone Washington su manual operativo y sus debilidades, más calibrada queda la planificación de Pekín.
Para Estados Unidos, las consecuencias se acumulan. La guerra no solo produjo un estancamiento militar sino que minó la credibilidad del régimen de sanciones. La extensión del alivio sobre el petróleo ruso, presentada como estabilización de mercado, es la primera relajación mayor de sanciones sobre Rusia desde 2014 y amenaza con erosionar por completo lo que quedaba de ese régimen.
Washington atacó a Irán alegando que buscaba evitar la proliferación nuclear. Lo que obtuvo fue un pantano incierto y costoso. Rusia recibe un rescate fiscal de decenas de miles de millones de dólares, China fortalece su posición estratégica y la alianza trasatlántica se deteriora mientras las armas y la atención de Washington se desvían hacia Medio Oriente. Es más de lo que Moscú y Pekín podrían haber esperado, aunque nunca lo hubieran planificado.

