El mundo actual se encuentra en una encrucijada difícil de definir. Ni el orden soñado tras el fin de la Guerra Fría ni el caos puro de la anarquía internacional: algo más complejo, más inestable, más difícil de leer con los marcos conceptuales heredados. Las amarras del viejo mundo se han soltado, pero el nuevo todavía no tiene forma.
Por un lado, la globalización comercial y tecnológica mantiene sus cadenas de valor y comunicación con sorprendente resiliencia. Por otro, los nacionalismos, los unilateralismos ruidosos y las apelaciones a la fuerza como referencia central de la política internacional crecen sin pausa. El complejo moral que alguna vez moderó a las grandes potencias parece haberse retirado. Y sin embargo, la violencia global —aunque presente y real— permanece, por ahora, relativamente contenida por debajo de los umbrales más catastróficos.
Lo que sí ha cambiado es el clima político: ante la incertidumbre, los pueblos buscan protección en el repliegue identitario, en la exclusividad de los intereses nacionales o comunitarios. Los mesianismos históricos —reales o inventados— se reciclan para ofrecer certezas provisorias a sociedades desorientadas.
Europa ante el espejo
En este escenario, Europa aparece como el actor más descolocado del tablero. No puede invocar un nacionalismo propio: se construyó precisamente contra él, después de demasiados desastres provocados por esa misma fuerza. Tampoco puede legitimarse apelando a un pasado que incluye colonialismo, guerras mundiales y divisiones profundas. Y en el entre-dos institucional en que opera, le cuesta afirmarse como potencia real en un mundo que parece premiar sólo la arrogancia de los intereses, siempre bajo la vigilancia —o la amenaza— de sus propios Estados miembros.
Atrapada entre el abandono estadounidense y la presión comercial china, Europa enfrenta además el colapso progresivo de la Organización Mundial del Comercio, el caos arancelario de la era Trump y la multiplicación de acuerdos regionales que fragmentan aún más el comercio global. Todo esto ocurre justo cuando la economía mundial transita un posible punto de inflexión: el paso de una producción centrada en bienes materiales hacia una economía de producción informacional. Un desafío enorme para una de las economías más sofisticadas del planeta, que exige repensar desde cero los reflejos sobre apertura comercial, intervención pública y solidaridad financiera entre países.
Los problemas que no esperan
A todo esto se suman los grandes desafíos transversales que ninguna soberanía endurecida puede resolver sola: las epidemias presentes y futuras, los movimientos migratorios masivos, el cambio climático con sus efectos ya visibles en el Sur global, y los conflictos bélicos cada vez menos contenidos por los dispositivos multilaterales. Frente a ellos, la comunidad internacional exhibe una esquizofrenia característica: los reconoce, los nombra, pero actúa como si pudiera diferir indefinidamente su atención.
El eje Norte-Sur merece especial atención. Las dificultades presupuestarias de los países ricos están reduciendo sus aportes a las instituciones multilaterales y la ayuda al desarrollo, ignorando que las dinámicas de desarrollo son inseparables. China e India emergen como actores centrales de un nuevo multilateralismo: la primera por su peso comercial y su interés en un sistema que la favorece; la segunda por su tradición diplomática multi-orientada y su resistencia a los dictados de Washington.
Un desorden que hay que pensar
Sin caer en el pesimismo, la interdependencia económica, el bloqueo que aún contiene los escenarios de confrontación más graves, y los fragmentos de cultura común que circulan por las redes contemporáneas dejan abierta la posibilidad de construir, con el tiempo, un orden futuro más razonado —si no razonable.
Mientras tanto, Europa debe elegir. Puede resignarse a ser el museo de un mundo pacífico ya desaparecido. O puede demostrar que todavía tiene vigor, juventud y capacidad para pensar y actuar con realismo en el desorden presente. La segunda opción exige abandonar supersticiones, romper con los automatismos y atreverse a ser protagonista en un mundo que no espera.
