Durante décadas, la hiperglobalización pasó de largo por Asia Central. En un mundo construido sobre la eficiencia y la entrega justo a tiempo, las naciones marítimas del sudeste y el este asiático se integraron profundamente en las cadenas de suministro globales, mientras que los países del corazón de Eurasia permanecieron al margen. Ese período de marginalidad está llegando a su fin.
La abundancia de recursos naturales que alberga el interior de la masa continental euroasiática ha atraído la atención de las grandes potencias. La creciente demanda energética y la transición hacia el transporte eléctrico y las energías renovables están impulsando la búsqueda de minerales críticos, muchos de los cuales se encuentran precisamente en Asia Central.
La invasión rusa de Ucrania y las sanciones que le siguieron revelaron los riesgos de depender de rutas que atraviesan territorio ruso. Ese fue el impulso detrás del Corredor Medio, una ruta transcontinental que conecta China con Europa a través de Asia Central y el Cáucaso Sur, evitando tanto Rusia como Irán. Ahora, la guerra en Irán ha vuelto a poner en el centro del debate los cuellos de botella marítimos: aproximadamente el 20% del petróleo y el gas mundial pasa por el estrecho de Ormuz, junto con la mayor parte de la carga que entra y sale de los Estados del Golfo. Irán es, además, un corredor de tránsito fundamental para el transporte terrestre desde Asia Central.
A medida que los países buscan diversificar sus fuentes de abastecimiento y construir resiliencia en sus cadenas logísticas, la mirada se posa sobre Asia Central. Pero la oportunidad va mucho más allá de la simple extracción de recursos naturales o el aprovechamiento de su posición como corredor de tránsito. Mientras las economías periféricas del continente intentan reducir su exposición al riesgo geoeconómico, Asia Central podría captar inversión, comercio y manufactura procedentes de China, Europa, el sur de Asia, el Golfo Pérsico y Rusia.
El riesgo, sin embargo, es igualmente real: en su afán por blindarse frente a la dependencia estratégica, las grandes potencias podrían perseguir niveles de influencia que les permitan doblar la voluntad de estos países, incluso en contra de sus propios intereses nacionales. Y si se les niega el acceso a los recursos de la región, la siguiente mejor opción podría ser impedir que sus competidores los obtengan. La conectividad con Asia Central se ha vuelto, por tanto, altamente politizada y volátil.
Han pasado cuatro años desde el inicio de la invasión rusa a gran escala de Ucrania. En ese período, el comercio ruso se reorientó desde Europa hacia China, a precios con descuento. La economía rusa lleva funcionando en modo de guerra desde entonces, y las sanciones han reducido significativamente su capacidad de generar divisas. Todo ello podría haber generado un vacío de poder en Asia Central, región donde Rusia ha sido históricamente el socio comercial dominante y una fuente importante de inversión extranjera.
Ese vacío lo está llenando China. Durante los años del conflicto, el gigante asiático ha acumulado superávits en cuenta corriente excepcionalmente elevados, incluso para sus propios estándares. Por definición, esos superávits implican inversión neta en el exterior, y China ha concentrado esos flujos en el Sur Global y en su entorno cercano. La conclusión es casi inevitable: Beijing está ocupando el espacio que Moscú ha dejado.
Mientras tanto, a finales de 2021 la Unión Europea lanzó el proyecto Global Gateway, con una dotación de 300.000 millones de euros, presentado como la respuesta europea a la Iniciativa de la Franja y la Ruta china. Bruselas ha manifestado su firme voluntad de profundizar los vínculos económicos con Asia Central y el Cáucaso, y en particular de desarrollar el Corredor Medio como ruta comercial transcontinental que no depende ni de Rusia ni de Irán. Por su parte, Estados Unidos ha adoptado desde 2021 un enfoque más estructurado hacia la región, impulsado por la invasión rusa, la creciente presencia económica china y el deseo de Washington de diversificar cadenas de suministro y asegurar el acceso a minerales críticos.
Asia Central y el Cáucaso se han convertido así en una especie de laboratorio donde observar cómo podría evolucionar un mundo multipolar. Además de Rusia, China, la UE y Estados Unidos, Turquía, Irán e India consideran la región estratégicamente vital. El territorio es rico no solo en hidrocarburos, sino también en los minerales críticos que sostienen la Cuarta Revolución Industrial. En este contexto de economía internacional altamente politizada, los patrones del comercio global están siendo redibujados. Y Asia Central, por primera vez en décadas, está en el centro del tablero.

