Durante más de medio siglo, el manual de desarrollo fue el mismo: primero textiles y manufacturas simples, después bienes de mayor valor agregado, subiendo escalón por escalón la escalera industrial mientras se exportaba a mercados abiertos. El supuesto de fondo era que las economías ricas tolerarían déficits comerciales crecientes a cambio de estabilidad geopolítica y consumo barato. Ese supuesto ya no es gratuito.
Estados Unidos es el caso más visible. Tras la Corte Suprema haber anulado en febrero la potestad presidencial para imponer aranceles bajo la ley de emergencias económicas, la administración Trump reconstruyó su arsenal por otras vías: la Sección 338 aplicada contra Canadá, investigaciones de la Sección 301 abiertas contra dieciséis economías —China, la Unión Europea, Corea, India y Vietnam entre ellas— y una nueva ronda de aranceles de entre 10% y 12,5% justificada en supuestas cadenas de trabajo forzado que alcanza a sesenta socios comerciales. El mensaje, más allá del instrumento legal de turno, es consistente: Washington ya no está dispuesto a financiar el déficit con la misma paciencia que en las últimas tres décadas.
China cambia de comprador, no de estrategia
Pekín respondió reorientando su motor exportador antes que reduciéndolo. Su superávit comercial global tocó un récord cercano a 1,2 billones de dólares en 2025, un salto del 20% interanual, incluso con sus envíos a Estados Unidos cayendo con fuerza. La compensación vino del Sudeste Asiático, África y América Latina: el bloque ASEAN ya es, en conjunto, un socio comercial más grande para China que Estados Unidos o la Unión Europea. El resultado es paradójico para el resto de las economías en desarrollo: el mismo actor que hasta hace poco era la referencia a imitar en la escalera industrial hoy inunda con su propio excedente los mercados que antes esas economías reservaban para su propio despegue exportador.
Europa, mientras tanto, deja de comportarse como el mercado abierto y previsible de siempre. Bruselas avanza en simultáneo con controles no arancelarios más estrictos —desde la revisión regulatoria del financiamiento de comercio exterior hasta mayores exigencias de trazabilidad— al tiempo que negocia acuerdos como el de Mercosur para diversificar sus propios proveedores. La suma de estos movimientos configura un sistema donde cada bloque protege su balance comercial con mayor celo, y donde el espacio para que un país pequeño o mediano se cuele exportando barato se angosta por todos los flancos a la vez.
Lo que está en juego para América Latina
La región no puede darse el lujo de leer esto como un problema ajeno. Buena parte de la estrategia comercial de los últimos años —de Mercosur a los acuerdos bilaterales impulsados por Uruguay, Paraguay o Brasil— sigue apostando a que exista, en algún punto, un mercado grande dispuesto a absorber excedentes agroindustriales y manufactureros sin exigir reciprocidad total. Esa apuesta ya no es segura. Si Estados Unidos, China y la Unión Europea convergen —cada uno por sus propios motivos— hacia una lógica de comercio más gestionado y menos tolerante con los déficits propios, la ventana histórica que permitió a las economías del sudeste asiático crecer exportando puede no repetirse en los mismos términos para nadie más.
La respuesta razonable no es resignarse, sino multiplicar frentes: acelerar la diversificación de destinos que ya empujan Mercosur y sus socios hacia Vietnam, Japón, India y los Emiratos; profundizar el acuerdo con la Unión Europea antes de que su propia agenda proteccionista lo vuelva más difícil de cerrar; y dejar de depender de un único comprador dominante, sea China o Estados Unidos, como garantía de estabilidad. La era en que bastaba con producir barato y esperar que alguien comprara terminó. La que viene exige negociar activamente el lugar que cada economía en desarrollo va a ocupar en un mapa comercial que se está redibujando sin pedir permiso.

