El deseo de seguridad ha sido y es algo característico del ser humano a lo largo de su historia.
Este mundo que nos está tocando vivir no es un mundo que podamos calificar de seguro: habita la guerra, la precariedad laboral, el crimen organizado, la pobreza, el medio ambiente, sistemas políticos autoritarios, la inmigración, etc. La seguridad/inseguridad se siente en todas las facetas de nuestras vidas. La seguridad hoy se ha globalizado y vuelto interdependiente. Todo tiene que ver con todo y a todo le afecta todo, directa o indirectamente.
Consideramos que es tiempo de replanteamientos y de revisión de esos conceptos que sirvieron pero que quizás tendríamos que volver a replantear y a reconsiderar. Sabiendo que el poder, las instituciones, etc… son reacios al cambio y más propensos a mantener el statuquo.
Una de las cuestiones que más nos determinan es la de creer que todo lo que existe es “normal” que exista; que encontremos como algo natural lo que sucede siempre y que consideremos incuestionables determinados temas o planteamientos. Si no se cuestionan las cosas entramos en una “decadencia intelectual sostenible”. Es como si estuviéramos atrapados en todo aquello que pensamos y hacemos y donde el intento de cambio no constituye siquiera una posibilidad.
De igual forma que Goethe decía que “la libertad debe de ser reinventada en cada generación” la seguridad debe de ser reformulada en cada momento. No se trata de “rasgar”, sino de “descoser”.
El avance humano ha ido incorporando nuevas dimensiones al concepto de seguridad (humana, ecológica…) pero aún insuficientes y con un resultado final incompleto.
Si la seguridad es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? Pues que la “seguridad imperante” es incompleta y crea inseguridad.
Nadie cuestiona que la seguridad es el primero de los derechos y la condición para todos los demás y así lo recoge el artículo tres de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.
Lo cual nos lleva a preguntarnos por un “nuevo realismo”. Sabiendo que una de las acusaciones más demoledoras que te pueden hacer es la de que te consideren culpable de ese grave “crimen” de no ser “realista”. Podemos creer, incluso, de forma dogmática en el “realismo político” pero eso no elimina la posibilidad de otros planteamientos. Eso no anula la necesidad de ensanchar los límites de lo que se considera la “seguridad imperante”.
Empezábamos a pensar y a creer que para vivir en este mundo nuestro era suficiente con este concepto de “seguridad imperante”. Con el tiempo, los acontecimientos nos han ido cuestionando ese convencimiento. La historia del siglo XX (guerras mundiales y civiles, holocausto nazi, bombas atómicas, purgas estalinistas y de Mao, los jemeres rojos…) y lo que llevamos del siglo XXI (la guerra como vía de seguridad: Ucrania, Gaza; rearme, el irresponsable culto al progreso, desigualdad, inmigración…) consiguen que la vida de los seres humanos sea más insegura y por tanto más incierta y más imposible de vivir. Con el añadido de la maldición del miedo.
Ante esta situación la humanidad va a tener que enfrentarse a tres posibles escenarios: uno, contribuir al “suicidio” a través de una guerra nuclear, lo cual resolvería todos los problemas, pues ya no estaríamos ninguno; dos, seguir “parcheando” con medidas para ir sobreviviendo y que la situación no se deteriore demasiado; tres, un cambio que nos ayude a transformar la forma actual de entender la seguridad y que nos permita vivir y relacionarnos más humanamente bajo la cobertura de una “seguridad vital”. Siendo conscientes que la seguridad al cien por cien sigue siendo una finalidad y una meta a la que aspirar y no una forma fija y establecida en las estructuras de lo existente. Donde cuanta más inseguridad aportan nuestros gobernantes y políticos más proclaman seguridad. La inseguridad que fomentan la lavan con patriotismo. Todo esto pone de manifiesto que el mundo que nos ha tocado vivir no está terminado. Es por ello que es tarea de la inteligencia el trabajar por lograr la mayor seguridad posible en cada situación, aunque esa situación no sea la mejor de las posibles.
La “seguridad imperante” consideramos que crea seguridad en nosotros y produce inseguridad y miedo en los otros. Se fundamenta en una concepción antropológica que da de sí lo que vemos y tenemos: desconfianza, miedo, intereses particulares, nacionales, negocio, etc. Es más, desde la infancia nos han inculcado que te tienes que hacer cargo de que “el pez grande se come al chico”, “que el hombre es un lobo para el hombre” y te educan “en el miedo al mal” y “no en el cuidado del bien”, en cómo defiendo lo mío y no lo nuestro. Como se puede comprobar estas no son “herramientas” muy adecuadas para transformar el mundo. Ese cambio solo puede iniciarse si asumimos otra manera de entender al ser humano y su forma de estar en el mundo. Para Leibniz (como nos recuerda A. Andreu) “el hombre ha de considerar que es digno del hombre”. Pues la seguridad del ser humano está en manos del ser humano. No puede estar en otro sitio. Una seguridad que tiene que tener la capacidad de producir situaciones que le permitan al ser humano el poder elegir. Es el ser humano quien en el ejercicio de su libertad decide el bien o el mal. La “seguridad imperante” actúa muchas veces, en nombre de una moral y una legalidad que deja mucho que desear. Pues, lo que le otorga un elemento diferenciador a los Estados es la seguridad que le brinda a sus ciudadanos en todas las dimensiones de la vida: “seguridad vital”. Una seguridad que va más allá del prevenir y repeler ataques y de la lógica amigo-enemigo. Nadie cuestiona que la seguridad es el primero de los derechos y la condición para todos los demás y así lo recoge el artículo tres de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. De ahí que sea falso ese dualismo que separa seguridad de libertad. Sin seguridad sería imposible la libertad (la vida) y sin libertad resulta impensable que se desarrolle la inteligencia. Seguridad y libertad son la posibilidad de una vida más digna.
Llegados a este punto, la pregunta que se nos plantea es la siguiente: ¿la única seguridad posible es la “seguridad imperante”, esta que tenemos y que “disfrutamos”? Podemos seguir levantando muros, creando enemigos, produciendo y comprando armamento para rearmarnos, generando desconfianza, miedo, legislando y manteniendo unas instituciones supranacionales (UE, ONU…) que han “fracasado” al entrar y participar en el juego que trataban de evitar… como hemos venido haciendo hasta ahora, siendo importante lo conseguido, no hemos llegado ni agotado todas las posibilidades. Sin olvidar la dimensión económica de la seguridad. El negocio de la seguridad y su referente máximo la industria militar. Cualquier precio que pague la industria militar por mantener el “negocio” siempre lo considerará un buen precio. Una industria militar que hoy resulta tan independiente que ya no le importa mucho ni le determina quien gobierne. Es más, en la actualidad lo que parece una cuestión meramente tecnológica se está convirtiendo en una dejación de funciones en empresas privadas. Con la consiguiente dependencia de los gobiernos de sus tecnologías. Se cede el control de temas estratégicos a empresas privadas cuya finalidad es el negocio y no los ciudadanos. ¿Qué sucede? Que la seguridad se nos vuelve extraña. Es una seguridad donde va desapareciendo la vergüenza, los reparos, la ética. Una seguridad bajo cuyo paraguas se van permitiendo más cosas y muchas de ellas en nombre de la “seguridad nacional”. ¿De qué nos sirve esta “seguridad imperante” si es para producir inseguridad y limita y complica salidas más dignas para el ser humano?
El fundamento vigente de la “seguridad imperante” es insuficiente para afrontar la vida por lo limitado de su cobertura: la seguridad que nos proporciona, provoca inseguridad en los otros por el miedo que produce: si quieres la seguridad, reármate; se repite sin corregirse: una forma de seguridad que intenta pasar por “natural” lo que no lo es tanto.
En definitiva, la idea a considerar es que hasta ahora la seguridad no se ha fundamentado aún ni en la experiencia total del ser humano ni en la realidad total. A la seguridad hay que darle continuidad a lo largo de la vida. Tiene que ser una “seguridad vital”. No se puede fragmentar la seguridad del ser humano en apartados.
La seguridad/inseguridad se siente en todas las facetas de nuestras vidas. La seguridad hoy se ha globalizado y vuelto interdependiente.
Cuando nos hablan de todas las “bondades” que nos acarrea la “seguridad imperante” uno no puede menos que decir: “¡no esperábamos menos!”. Bien es cierto que no deberíamos quedarnos con describir la seguridad que tenemos, sino qué seguridad nos negamos a construir. Hemos caído en una ciénaga (como el Barón de Münchhausen) de la que tratamos de salir tirándonos de los pelos: creando más inseguridad. Tal vez, el gran reto sea encontrar un equilibrio entre realidad y posibilidad.
Necesitamos una seguridad que le posibilite al ser humano la posibilidad de ser y estar en el mundo con más dignidad. La seguridad se refiere siempre a las personas. Son estas las que tienen que sentirse seguras y encontrar acomodo. Donde el objetivo final y que nunca podemos perder de vista, es la vida. La vida no en abstracto sino la vida concreta del aquí y ahora de cada individuo. Es a esto a lo que llamamos “seguridad vital”.
Todo lo demás es un planteamiento limitante, cerrado y egoísta que lo reduce todo a desconfianza, miedo, amigo-enemigo y negocio.
¿Cuál es el factor determinante de esta seguridad vital? La consideración del otro como punto de partida. Como para Leibniz “el lugar del otro como el verdadero punto de perspectiva tanto en política como en moral”.
Esto nos llevaría a revisar los planteamientos de la “seguridad imperante” desde estas premisas éticas y políticas reflejadas por Leibniz y la máxima de Husserl: “el otro es el primer hombre y no yo”. La seguridad vital nunca excluye y siempre exige incluir a los otros sin los cuales mi seguridad no será posible en su máxima posibilidad. Sólo nos sentimos seguros en comunidad.
Es urgente, referenciar nuestras estructuras políticas e institucionales en base a una arquitectura de seguridad vital donde la generación de confianza y diálogo permanente (diplomacia) puedan dar lugar al comprender y ser comprendido. Lo que sí sabemos es que ni la fuerza, ni el miedo, ni la desconfianza, ni la mentira consiguen la seguridad que necesitamos.
Somos conscientes que, entre la ley del más fuerte, del “pez grande se come al chico”, el rearme… y el “buenismo”, “angelismo” y el “alma bella”… está lo que vamos consiguiendo a través de las leyes, la política y la democracia.
De todas formas, no vendría mal recordar las palabras de Albert Camus al recibir el nobel de literatura: “cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer, cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, este generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma que restaurar, a partir de sus negaciones un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.
En estos momentos, consideramos que no tenemos muy clara cuál es nuestra misión ante la variedad de posibilidades que se nos ofrecen. Lo que sí sabemos es que también es tarea nuestra impedir que el mundo se destruya y trabajar por una seguridad que facilite un poco más y mejor lo que hace digno el vivir y el morir del ser humano. Sólo que sea por tratar de cumplir con ese “mandamiento de: ¡no dejarás el mundo como lo encontraste!”




