Carney acelera el giro de Canadá hacia Europa busca convertirse en miembro asociado de la UE

Ante el Parlamento Europeo, el primer ministro canadiense planteó que la alianza transatlántica es la mejor defensa frente a la tormenta geopolítica y comercial.
Canadá quiere ser el primer miembro asociado de la UE
Canadá quiere ser el primer miembro asociado de la UE

Canadá dio un paso más en su estrategia de diversificación frente a la presión comercial de Estados Unidos. El primer ministro Mark Carney ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, y se mostró receptivo a la propuesta de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de convertir a Canadá en el primer miembro asociado de la Unión Europea, una figura sin antecedentes en la historia del bloque.

El giro de tono fue notorio. Pocos días antes,Carney había descartado que Canadá buscara integrarse a la UE. En Estrasburgo, en cambio, celebró la ambición de la iniciativa y la presentó como una forma de fortalecer la alianza entre democracias que comparten valores. Aclaró, sin embargo, que no se trata de una adhesión plena, sino de una alianza singular con el bloque.

La metáfora del bosque frente a la tormenta

El núcleo del discurso fue una lectura del momento internacional como una tormenta de enorme intensidad, en la que ningún país puede resistir en soledad. Carney recurrió a la imagen de un árbol aislado que cae frente al viento, a diferencia de un bosque que se mantiene en pie, para argumentar que las economías interconectadas generan una estabilidad que las naciones aisladas no pueden alcanzar.

En esa línea, subrayó que Canadá y Europa son aliados en las buenas y en las malas, y que la asociación que propone apunta a construir resiliencia colectiva, no autosuficiencia ni una competencia por el poder. El objetivo, planteó, no es dominar sino resistir juntos los embates del nuevo escenario.

Una agenda concreta de cooperación

Más allá del mensaje político, Carney enumeró áreas específicas para profundizar el vínculo: comercio de minerales críticos, capacidades de defensa, inteligencia artificial, seguridad energética, industria espacial y pagos digitales. También propuso avanzar hacia un comercio digital sin fricciones, integrar servicios financieros y ampliar las oportunidades para que ciudadanos de ambos lados del Atlántico estudien y trabajen, con la incorporación canadiense a programas como Erasmus+ y Horizonte Europa.

La propuesta se apoya en una relación que ya viene estrechándose. El Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA) se aplica de forma provisional desde 2017, y en febrero de 2026 Canadá se convirtió en el primer país no europeo en sumarse a SAFE, el instrumento de compras conjuntas de defensa de la UE dotado con 150.000 millones de euros.

El trasfondo es la elevada dependencia comercial de Canadá respecto de su vecino del sur: cerca del 70% de sus exportaciones tiene como destino Estados Unidos, una proporción que bajó desde más del 75% previo a la escalada arancelaria, pero que sigue dejando al país muy expuesto a las decisiones de Washington.

La respuesta de Washington

La reacción de la Casa Blanca fue inmediata. Donald Trump calificó de risible la idea de una membresía asociada, advirtió que podría constituir un acto hostil si se impulsaba con malas intenciones y amenazó con aplicar aranceles muy elevados a Europa. La Comisión Europea negó cualquier intención hostil y sostuvo que la iniciativa busca fortalecer una asociación en beneficio mutuo.

En paralelo, el 16 de septiembre Trump firmó un memorándum que ordena identificar y retirar los productos de origen canadiense de los sistemas de compras civiles del gobierno federal. La Casa Blanca justificó la medida en las restricciones que, según su visión, enfrentan las empresas estadounidenses para acceder a las licitaciones federales y provinciales de Canadá, en particular por la política de preferencia nacional impulsada por Ottawa. Trump estimó el volumen en juego en más de US$50.000 millones anuales, aunque analistas independientes calculan que las compras federales de bienes canadienses rondaron en promedio los US$1.600 millones por año desde 2021.

La medida profundiza una escalada que ya venía en curso: desde el 22 de agosto rigen aranceles del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares en bienes canadienses, y Ottawa respondió el 8 de septiembre con represalias sobre acero, aluminio y otros productos.

Obstáculos en ambas orillas

El camino hacia la asociación dista de estar despejado. Los tratados de la UE no contemplan la figura de miembro asociado y su creación requeriría, con alta probabilidad, el aval unánime de los 27 Estados miembros. Algunos gobiernos europeos se quejaron de no haber sido consultados, y los países candidatos de los Balcanes Occidentales y Ucrania podrían objetar un acceso privilegiado para Canadá. La experiencia del CETA, que diez Estados miembro aún no ratificaron tras casi una década, anticipa la complejidad del proceso.

En el frente interno, el líder conservador Pierre Poilievre acusó a Carney de contradecirse y exigió garantías de que Canadá no adoptará impuestos, leyes ni políticas migratorias europeas. El Parlamento canadiense tiene previsto someter la cuestión a votación. Mientras tanto, Carney continuó su agenda internacional en la Asamblea General de las Naciones Unidas, con la diversificación de socios como eje de su política exterior.

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