En las aguas frías de la bahía de Bristol, en el extremo suroeste de Alaska, donde el mar de Bering besa las costas remotas del estado, se esconde lo que algunos llaman «el secreto mejor guardado de América». No se trata de petróleo ni de gas natural. Es algo mucho más valioso en la era de la inteligencia artificial: cobre.
Mientras los precios del metal rojo rompen récords históricos —superando los 12.000 dólares por tonelada y registrando aumentos superiores al 40% en apenas un año—, una mina paralizada resurge en el debate nacional como posible salvavidas ante una escasez que amenaza con frenar el desarrollo tecnológico global.
El gigante dormido bajo el hielo
El proyecto Pebble no es una mina cualquiera. Según sus propietarios, alberga el mayor depósito sin explotar de cobre y oro del planeta. Las cifras son mareantes: reservas masivas de cobre acompañadas de importantes cantidades de oro, molibdeno y plata, todos ellos minerales críticos para la infraestructura de centros de datos, sistemas de defensa y la electrificación global.
«Estamos hablando de un yacimiento de clase mundial», explica Deantha Skibinski, directora ejecutiva de la Asociación de Mineros de Alaska. «La magnitud del cobre que hay bajo tierra en Pebble es extraordinaria. En Estados Unidos hay muy pocos productores con este tipo de reservas.»
Sin embargo, este tesoro geológico lleva más de diez años congelado, no por el clima ártico, sino por una batalla regulatoria que ha atravesado tres administraciones presidenciales sin resolverse.
La década perdida: Obama, Trump y Biden
Todo comenzó en 2014, cuando la Agencia de Protección Ambiental (EPA) activó una medida inédita: vetó el proyecto antes incluso de que la empresa obtuviera los permisos necesarios. La decisión se basó en preocupaciones ambientales relacionadas con la cuenca hidrográfica, hogar de una de las migraciones de salmón rojo más importantes de Norteamérica.
«Lo que hicieron fue aplicar el veto preventivo 404, algo sin precedentes», señala Skibinski. «Bloquearon el proyecto durante su fase exploratoria, lo cual consideramos que carece de fundamento legal.»
Pebble Limited, la empresa detrás del proyecto, respondió con acciones legales que inauguraron una saga jurídica que continúa hasta hoy. El veto permaneció vigente bajo Obama, se mantuvo durante el primer mandato de Trump —a pesar del apoyo inicial del presidente a proyectos mineros en Alaska— y siguió inamovible con Biden.
El dilema del salmón y el silicio
La bahía de Bristol representa un choque frontal entre dos visiones de futuro. Por un lado, las comunidades pesqueras y organizaciones ambientales defienden uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Por otro lado, voces como la de Lisa Reimers, CEO de Iliamna Development y nativa de la región, argumentan que la seguridad nacional está en juego.
«El cobre es vital para cualquier sociedad moderna», sostiene Reimers. «La mina Pebble es crucial para que Estados Unidos no dependa de empresas extranjeras para obtener este mineral estratégico.»
El argumento cobra fuerza ante las proyecciones de S&P Global, que este mes publicó un estudio alarmante: la producción mundial de cobre alcanzará su pico en 2030 y, de no aumentar dramáticamente la oferta, el mundo enfrentará un déficit de aproximadamente 10 millones de toneladas métricas para 2040.
La inteligencia artificial tiene sed de cobre
¿Qué está impulsando esta demanda voraz? La respuesta tiene nombre: inteligencia artificial. Cada centro de datos, cada servidor de IA, cada sistema de refrigeración avanzado requiere cantidades masivas de cobre para el cableado eléctrico. A esto se suma la electrificación del transporte, la expansión de energías renovables y las necesidades militares.
El cobre se ha convertido en el músculo del mundo digital, y su escasez podría ralentizar la carrera tecnológica global.